Con quince años la señorita había visto mucho más que buena parte de los mercenarios de la ciudad. Con todas y con esas, cuando se realizó verdaderamente en sus propósitos fue en vísperas de su decimoctavo cumpleaños. Olvido narrar que, desde que hubiese adquirido sus primeras armas, fue ampliando su arsenal hasta conseguir doce minúsculos cuchillos, un arco y un carcaj.
Pasó de los pequeños robos, a ser requeridos sus servicios para recuperar objetos o sustraerlos. La muchacha siempre iba embozada cuando se trataba de negocios. Cuando iba a los suburbios, no lo necesitaba. La gente sabía quién era y cómo había llegado a la ciudad. La habían visto crecer, y algunos, hasta la habían visto cazar. Sin embargo, nadie sabía su nombre, ni de donde venía, ni cuales eran sus propósitos. Sólo sabían de su hosco carácter y de su taciturnidad.
Los únicos que podían “presumir” de hablar con la joven eran el herrero y un escribano, que la proveían de armas y libros siempre que podían. En los demás, no se molestaba.
Por ello, justo cuando cumplió los dieciocho y llegaron unos forasteros a la ciudad tratando de imponer sus propias leyes, nadie hizo aspavientos cuando la muchacha soltó dos sonoras carcajadas y les dio la espalda dando visos de importarle un bledo lo que vociferaban. Estos gestos despertaron la cólera del trío de extraños, que prontamente asieron a la chica por ambas muñecas mientras que el tercero se colocaba frente a ella.
- ¿Se cree muy graciosa?
- Hmmm… Vamos a decir que han dicho unas frases muy divertidas. – dijo mirándolo directamente a los ojos – Ahora, tenga la cortesía de decirle a estos señores que me suelten. Soy una señorita muy delicada.
Muchos de los que estaban allí se rieron por lo bajo y se apartaron un poco: era preferible verla lanzar alaridos y soltar decenas de tacos en menos de un minuto. Si la chica se tornaba sarcástica, era que indudablemente pasaba a la acción.
Cuando sintió que la presión que ejercían los hombres en sus muñecas disminuyó apenas, dio un salto hacia atrás. Posó rápidamente la pierna derecha en el suelo y con la izquierda realizó un barrido que tumbó a uno de los que la apresaban. Aprovechando la distracción del segundo, tiró de su brazo, le hizo la zancadilla con su pie derecho, y de un codazo le envió junto a su compañero. Antes de que el tercero en discordia tuviera la ocasión de reaccionar, la jovencita puso sus manos en el suelo e impulsó sus pies hacia delante, golpeando su cabeza, dejándolo inconsciente en el suelo.
Los otros dos se iban levantando, y lógicamente asustados retrocedían sin dejar de mirar a la chica.
- Levanten a ese infeliz y llévenselo al lugar de donde vinieron. Que sea rapidito, ya que teneis prisa. – dijo con desprecio – Ah, y ya pueden ir abonando las molestias causadas a los principales damnificados… Entre los que, por supuesto, me encuentro yo.
Los allí presentes no abrieron la boca. Los maleantes repartieron las piezas de plata y cobre que llevaban encima a partes iguales, espabilaron a su camarada y se marcharon. La muchacha sonrió con satisfacción y sin mirar a nada ni a nadie más se marchó a la armería, donde adquirió vainas para sus doce cuchillas y cinco decenas de flechas. Luego fue a comprar tela para tratar de confeccionarse unos calzones que se ajustasen a ella perfectamente.
Ya con veinticuatro años era toda una “celebridad” en aquella ciudad al norte de Inglaterra. Y digo “celebridad” porque aquella mujer era una ladrona de guante blanco: silenciosa, pulcra, rápida y eficiente, sin duda, toda una eminencia en la materia del robo.
En cuanto a su destreza en las artes de la guerra, se podía decir con todo tino que la muchacha ganaba en los duelos por su agilidad, puntería, y por el preciso uso que le daba al factor sorpresa más que por su técnica y fuerza, las cuales, todavía tenía tiempo de mejorar. Y desde luego, le gustaba pasar sus horas libres en duelos, tomando algo en la taberna, o bien leyendo y escribiendo en su cabaña.
Sin embargo, su carácter seguía siendo hostil y desconfiado, era una chica difícil de tratar. Con las personas que mantenía un “trato diario” se mostraba un poco más conversadora e inclusive, educada y culta, pero tratándose de desconocidos, demostraba un amplio manejo del lenguaje burdo y malsonante. Los pocos que la pretendían, decían que esos rasgos conformaban su encanto natural, aunque a decir verdad, la mujer los asustaba.
En cuanto a su apariencia física, cabe mencionar que la fisonomía de la muchacha y su proporcionalidad tenían la principal característica de un buen vino: con cada año que pasaba, mejor se la veía. Su complexión era delgada, era asquerosamente pálida y su gesto estaba contraído siempre en una expresión de seriedad.
Su vida era lineal, rutinaria. No se quejaba, pero ella sentía que no había nacido para quedarse estancada en un lugar que no tenía pintas de expandirse o de albergar algo que pudiera llenar el vacío que tenía en su corazón. Hasta que un buen día, la suerte le guiñó un ojo…
La historia de una lucha, por la verdad, por el amor y por la libertad.
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Dios Yass, me encanta! *-* Quiero leer mas!! Para cuando mas??'' =) Te sigo vale? Muakiiiisss ♥♥
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