La historia de una lucha, por la verdad, por el amor y por la libertad.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Prólogo de Génesis (parte 1)

Érase una vez, una feliz pareja.

Ella se llamaba Loira, tenía 24 años y era la hija del druida de su poblado. Él se llamaba Liam, y era el cazador más talentoso de toda Inglaterra. También era celta, sólo que pertenecía a otro clan. Tenía 26 años.

Se conocieron el día en que, por tradición, los druídas se reunían en los recónditos bosques de Escocia, acompañados hasta cierto tramo por el guerrero más hábil de cada tribu. Fue entonces cuando Emeth, hermano mayor de Loira, trabó una gran amistad con Liam, cosa que supuso que ese mismo atardecer regresara Emeth con Lucio y acompañado además por Liam y su protegido, el druída Sirius.

Ella era alta, esbelta y hermosa, además de ser extremadamente reservada, silenciosa y poco expresiva. Su cabello era negro y ondulado y sus ojos, como los de toda su tribu, eran de color miel intenso. Él era un hombre fornido, fuerte, y extraordinariamente ágil, de ojos grandes y azules, cuya mirada podía derretir un iceberg. De su carácter era bien conocido su gusto por la ironía y los inteligentes juegos de palabras.

Con un cruce de miradas, se enamoraron.

Al cabo de un año, nació la verdadera protagonista de esta historia.

Nació débil, a medianoche, con los ojos de su madre y la mirada de su padre. Cuando su abuelo la tomó en brazos, anunció una pronta muerte, y una extraña pero a la vez extraordinaria longevidad. Lástima que no pudiese augurar qué sucedería dentro de siete años.

Su infancia fue muy feliz, viviendo en contacto con la naturaleza, corriendo descalza por la hierba, jugando con el agua, observando el fuego al anochecer, dejándose acariciar por los rayos del sol… Los de la tribu la consideraban la viva encarnación de la naturaleza.

Al poco de cumplir siete años, la pequeña recibió una peculiar visita.
En medio de la noche, la respiración de una bestia frente a su cara fue lo que la despertó.
Aquel carnero blanco, sólo rozó su hocico contra su costado derecho, dejando una marca sospechosa en dicha zona. Al amanecer del día siguiente, se vio totalmente sola en medio de la campiña inglesa, y con la melena completamente blanca.

No le costó demasiado el habituarse a hablar inglés. Mucho más difícil fue empezar a escribirlo o leerlo. El hambre y la penuria que tuvo que pasar esa criatura los primeros meses no se puede describir de forma alguna. Gracias a la agilidad legada de su padre, tardó poco en aprender a robar para poder comer. Cuando llegó a tener ocho años, logró ahorrar una pequeña cantidad de dinero que le permitió empezar a construir una pequeña y humilde cabaña. Con diez años y medio y a base de sudor la terminó, con unos muebles improvisados, todos ellos tallados por ella.
En todo ese tiempo, la niña nunca se planteó porqué había sucedido eso. Tampoco intentó volver con los de su tribu, pues ese gesto, para ella, sólo significaba que no había sido una decisión tomada a la ligera.
Además, ahora, su preocupación era hallar heno y un par de mantas bastante gruesas para improvisar un camastro. Tenía claro que después de aquello, practicaría la lectura y la escritura, con la intención de perfeccionar como pudiese. Por fortuna, hasta los siete años recibió una rica formación en lenguas, eso sí, sólo habladas.
Su abuelo la instruyó en latín y en sus “dialectos”, además de enseñarla a defenderse con el anglosajón. También le enseñó a leer las runas, los vientres de algunas aves, y a dibujar unos extraños símbolos que, a su parecer, eran insignificantes y vanos.

Con trece años, ya estaba más que acostumbrada a moverse por los suburbios con total impunidad. De hecho, se rumoreaba que para cierto clan de rateros, la señorita comenzaba a ser una digna rival, cosa que cuando llegó a oídos de la niña no hizo más que preocuparla. Esto, unido a los extraños movimientos que podía percibir a los alrededores de su cabaña le hizo pensar en la posibilidad de adquirir algunas armas con el fin de defenderse.

Al día siguiente de haber tomado tal decisión, se personó en la armería, donde tuvo que alegar que venía de parte de su padre para adquirir un par de dagas, cuyas hojas tenían forma de medialuna. No eran gran cosa, pero cumplirían bien su cometido. Al mismo tiempo consiguió un cinturón con sendas vainas, y como regalo del tendero por ser la clienta más joven, unos vendajes. La niña no entendía mucho de armas, pero conservó esas vendas, no fuera a echarlas en falta algún día.

Pensó en iniciarse en el arte de la caza para saber cómo manejar sus dagas.
Inclusive trató de recordar cómo era que se instruía a los jóvenes cazadores, pero pronto llegó a la conclusión que la empujó a comenzar sus prácticas en el bosque.

Consiguió mejorar su rapidez y agilidad natas en ella, de hecho, hasta pudo cazar un par de cervatillos de los que se alimentó durante bastante tiempo. Aún así, tuvo la idea de visitar más a menudo los suburbios, e incluso, empezar a hacerlo de noche.
Si ya de por sí se había habituado a presencias escenas violentas y a salir de situaciones difíciles… ¿Qué mejor entrenamiento había?
De este modo, la desconfianza inherente que sentía por todo cuanto la rodeaba, se vería revertida de un modo positivo en defensa…

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